Cien días. Un trimestre largo, cargado de promesas, decretos, tensiones… y consecuencias. Eso es lo que ha marcado el arranque del segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos. Un torbellino de decisiones que ha dejado a más de un país y no solo al nuestro preguntándose hacia dónde va el mundo.
Desde la orilla centroamericana, lejos, pero atentos, vale la pena preguntarnos: ¿qué pasaría si un gobierno con ese nivel de velocidad, improvisación y ruptura tomara el timón de Costa Rica?
El estilo DOGE: resultados a cualquier costo
Uno de los emblemas de esta etapa ha sido el llamado proyecto DOGE, impulsado por Elon Musk, que ha recortado miles de puestos en el gobierno estadounidense y desmantelado instituciones con décadas de historia. La promesa: eficiencia. El resultado: incertidumbre, protestas y, paradójicamente, un aumento del gasto público.
En Costa Rica, donde ya vivimos tensiones con el empleo público, huelgas por recortes presupuestarios y debates eternos sobre el tamaño del Estado, ¿cómo resonaría una medida similar? ¿Aplaudiríamos la eficiencia disruptiva o saldríamos a la calle como ya lo hemos hecho antes para defender instituciones que, aunque imperfectas, han sido pilares del bienestar costarricense?
Diplomacia en reversa
En estos primeros 100 días, Trump ha tensionado relaciones con aliados históricos, ha coqueteado con la anexión de territorios y ha multiplicado aranceles. Para un país como el nuestro, pequeño pero orgulloso de su política exterior basada en la diplomacia y los derechos humanos, este estilo de confrontación directa no solo nos resulta ajeno: nos alarma.
El orden global se resiente. Y países como Costa Rica, que dependen del respeto al derecho internacional, se quedan sin red de protección si el gigante del norte decide que las reglas ya no aplican.
¿El precio de la estabilidad?
Quizás lo más inquietante es que, pese a todo, el modelo de Trump sigue captando adhesiones. Para muchos, la narrativa de mano dura y resultados rápidos tiene un atractivo poderoso. En una época donde la frustración política está a flor de piel, no solo en Estados Unidos, sino también en América Latina, este tipo de liderazgo encuentra terreno fértil.
Pero debemos preguntarnos: ¿a qué costo? En sus primeros 100 días, Trump ha generado más preguntas que respuestas, más tensión que acuerdos y más titulares que resultados sostenibles. ¿Estamos seguros de querer importar ese modelo?
Una lección para Costa Rica
Más allá de la crítica, lo que estos 100 días dejan claro es la necesidad de revisar nuestros propios procesos. ¿Cómo hacemos más ágil al Estado sin destruirlo? ¿Cómo enfrentamos la corrupción sin desmontar la institucionalidad? ¿Cómo ganamos eficiencia sin perder humanidad?
Tal vez no necesitamos un Trump tico, sino una ciudadanía más activa, una política más transparente y un liderazgo que no grite más fuerte, sino que escuche mejor.
Los primeros 100 días de un gobierno pueden marcar el rumbo. Pero lo que realmente define una democracia es cómo responde su gente, no solo a los aciertos, sino también y sobre todo a los excesos.
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