En 2021, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, hizo una polémica declaración: “Cuando te llaman fascista sabes que lo estás haciendo bien y que estás en el lado bueno”. La frase causó sorpresa en España y más allá, ya que el término “fascismo”, asociado a algunos de los momentos más oscuros del siglo XX, estaba siendo reivindicado o al menos trivializado por una figura política democrática. Este uso del término no es un caso aislado, sino un reflejo de cómo el fascismo ha vuelto a ocupar un lugar central en los debates políticos globales. Sin embargo, surge una pregunta importante: ¿es realmente correcto llamar “fascistas” a los actuales líderes que emplean prácticas autoritarias, o estamos banalizando un concepto histórico complejo?
El origen del fascismo: Mussolini y Hitler
Para comprender el peso de esta palabra, es necesario remontarse al origen del fascismo, que nació en Italia bajo Benito Mussolini tras la Primera Guerra Mundial. En 1919, Mussolini fundó los Fasci italiani di combattimento, y, mediante la violencia de sus “camisas negras”, tomó el poder en 1922, instaurando un régimen dictatorial. La palabra “fascismo” proviene del italiano fascio (haz de varas, símbolo de autoridad en la Antigua Roma) y refleja la idea de unidad bajo un líder fuerte. Este fenómeno italiano inspiró movimientos similares en toda Europa, siendo el más destacado el de Adolf Hitler, quien, en 1933, llevó el fascismo a un nivel mucho más violento y racialmente cargado, con la ideología nazi en Alemania. Hitler y su partido nazi implementaron políticas que llevaron al genocidio, la guerra y la aniquilación de millones de personas.
En países como España, el general Francisco Franco implementó un régimen autoritario apoyado en el fascismo tras la Guerra Civil (1936-1939), y, aunque evolucionó con el tiempo, se le considera inicialmente como una “dictadura fascistizada”. Este panorama se repitió en otras partes del mundo, con regímenes como el de Japón o Hungría que adoptaron políticas similares, a menudo aliándose con las Potencias del Eje.
Características del fascismo clásico
El fascismo clásico no puede definirse fácilmente, pero se pueden identificar algunos rasgos comunes que definen su ideología:
- Autoritarismo totalitario: El poder se concentra en un líder carismático y casi infalible, rechazando la democracia liberal. El fascismo crea un Estado de partido único y anula o vacía de significado las instituciones democráticas.
- Ultranacionalismo y racismo: El fascismo promueve una exaltación fanática de la patria y utiliza la xenofobia y el racismo para identificar a enemigos internos y externos, como minorías étnicas y religiosas.
- Militarismo y violencia política: La guerra y la violencia se consideran medios legítimos para regenerar a la nación. Los fascistas no dudan en usar la violencia contra sus opositores, y la sociedad se organiza en términos militares, con disciplina y jerarquía.
- Anti-liberalismo: El fascismo rechaza el liberalismo y el marxismo, proponiendo una “tercera posición” que subordina todas las clases sociales al interés nacional. En lugar de racionalismo, promueve el misticismo político y la primacía de la voluntad sobre la razón.
- Control propagandístico y represión: Los regímenes fascistas controlan los medios de comunicación, utilizando la propaganda para moldear la realidad y suprimir cualquier disidencia.
Evolución del concepto tras 1945
Tras la derrota del Eje en 1945, el fascismo fue desacreditado de tal manera que se convirtió en un tabú en la política mundial. Ser llamado “fascista” era un estigma absoluto. Los movimientos fascistas fueron marginados en casi todo el mundo occidental. Sin embargo, las ideas subyacentes al fascismo nunca desaparecieron completamente. Movimientos neofascistas y dictaduras militares en América Latina durante los años 70 adoptaron prácticas similares, aunque sin las características clásicas del fascismo.
Académicamente, el fascismo siguió siendo un concepto ambiguo, debatido por pensadores como Hannah Arendt, quien lo enmarcó dentro del totalitarismo, y Robert Paxton, quien lo vio como un proceso más que como una ideología fija.
El resurgimiento del fascismo en el discurso político
A partir de la década de 2010, los movimientos nacionalistas y antisistema en diversas partes del mundo reintrodujeron términos como “fascismo” en el vocabulario político. En países como Estados Unidos, Brasil y Hungría, figuras como Donald Trump, Jair Bolsonaro y Viktor Orbán fueron acusadas de adoptar prácticas autoritarias que recordaban a los fascismos históricos.
En Estados Unidos, la presidencia de Donald Trump (2017-2021) estuvo marcada por su discurso nacionalista, su odio hacia las minorías y su abierta disposición a subvertir las normas democráticas. La retórica de Trump, su agresivo nacionalismo y su desprecio por los medios de comunicación llevaron a algunos comentaristas a acusarlo de tener rasgos de fascismo. Sin embargo, su gobierno nunca llegó a ser un régimen fascista en el sentido estricto de la palabra, ya que no abolió las elecciones ni instauró un partido único.
En Brasil, Bolsonaro, quien se definió admirador de Mussolini, resucitó una retórica nacionalista y autoritaria que fue comparada con el fascismo. Su nostalgia por la dictadura militar y sus diatribas contra las minorías y la oposición llevaron a muchos críticos a calificar su gobierno de fascista. Sin embargo, el hecho de que haya llegado al poder a través de elecciones democráticas y haya dejado el cargo tras perder en las urnas complicó este diagnóstico.
En Europa, Viktor Orbán ha sido calificado por algunos como un “fascista encubierto”, mientras que Giorgia Meloni en Italia, líder de la derecha posfascista, también ha sido acusada de revivir algunas de las ideas asociadas al fascismo clásico, aunque su gobierno sigue dentro de los márgenes democráticos.
¿Resurgimiento o banalización del fascismo?
El uso del término “fascismo” en el discurso político contemporáneo plantea una pregunta clave: ¿estamos presenciando un resurgimiento real del fascismo, o simplemente estamos banalizando un concepto histórico cargado de emociones y recuerdos traumáticos? Algunos expertos advierten sobre el peligro de usar el término de manera irresponsable, ya que su sobreabuso puede desvirtuar su significado y generar confusión.
El historiador Stanley G. Payne sostiene que el uso frecuente de “fascismo” como insulto ha diluido su fuerza. En su opinión, lo que estamos presenciando hoy son manifestaciones autoritarias, populistas y de ultraderecha, pero no necesariamente un resurgimiento del fascismo en su forma más pura. Aun así, otros analistas, como Federico Finchelstein, creen que las similitudes con los fascismos de los años 30 son demasiado evidentes como para ignorarlas.
El término fascismo sigue siendo una poderosa herramienta en el discurso político, capaz de movilizar a las masas, pero también de desvirtuar las realidades históricas y políticas actuales. En un contexto global marcado por el ascenso de populismos autoritarios, la lección histórica del fascismo sigue siendo relevante. Sin embargo, su uso debe ser cuidadoso y matizado para evitar caer en la trampa de la banalización, que podría dejarnos vulnerables ante posibles regresiones autoritarias. La clave está en comprender las lecciones del pasado sin caer en el alarmismo innecesario, manteniendo siempre un ojo crítico sobre las tendencias que podrían amenazar nuestra democracia.